Bendita la suerte que tenemos. Bendita la belleza de la tierra en que vivimos. Benditos los rayos de sol que la bañan en primavera, sus flores, paisajes, sonidos y aromas. Nacen en nosotros sentimientos que estaban dormidos, como el deseo de impregnarse con la brisa del campo y sentir la libertad acariciándonos la cara.
Que había sido de esas sensaciones en el medio del desierto? Como sobrevivíamos a la sequía? Lo cierto es que no éramos concientes de ello ni recordábamos ya lo que nos faltaba. Cuando alguien ha sido privado del aire por unos segundos quiere tragarlo todo en una bocanada. Así nos lanzamos a sumergirnos en esta naturaleza exultante. En esta tierra, no hay más que estirar un poco la mano para alcanzarla, como una fruta madura de la parte baja de un árbol.
Cuando hay una buena razón para festejar, poco importa el menú de la fiesta, y poco nos importaba ese día como íbamos a internarnos en el cálido verde para apreciar el cantar de los pájaros. A paso firme o sobre ruedas, con motor o si él, todo valía, solo había que dirigirse hacia allí. Y hacia allí nos dirigimos.
Rápida fue la puesta a punto de nuestra partida. Unos poco ajustes, unas inspiraciones profundas, una mirada enamorada a la belleza en derredor. C’est parti.
Hermosos pueblos de piedra y una variedad de flores imposible nos saludaban en nuestro camino. Las gotas de sudor y la respiración agitada nos recordaban que estábamos ganando altura. Los movimientos circulares de nuestras piernas no eran proporcionales a nuestro avance, el ascenso nos robaba las ráfagas de aire. Agitados mirábamos el plano. Cuan lejos estaríamos de la cumbre, de donde bajaríamos en libertad hasta nuestro punto cero? Sabíamos que lo conseguiríamos, pero ansiosos nos cansábamos más con la mente que con el cuerpo. Cada palmo del camino era una recompensa en sí mismo. “Qué pereza misteriosa contagió a lo amantes de la naturaleza hoy?” Nos preguntábamos admirando nuestra soledad.
Los campos de trigo, que bailaban ondeándose con el viento, estaban cobijados por espesos bosques. Su densidad parecía intentar tragarnos, pero nos sentíamos indeseablemente inmunes desde el asfalto. El ruido perturbador y silencioso de sus fauces nos hipnotizaba como una música mágica, algo que nos faltaba en nuestro día a día.
Luego de una cuesta que tenia ya una difícil pendiente (más percibida que real…) , nos hayamos en el primer descanso. Punto de encuentro ineludible, el “col” albergaba unas pequeñas instalaciones ideales para ostentar el titulo de punto de partida y encuentro. Un plano nos indicaba que la parte mas dura de nuestro esfuerzo había quedado atrás, pero nos esperaba aun algo de sudor.
Dando un respiro al corazón para dejarle recuperarse apenas, nos dispusimos a seguir. Y allí nos esperaba detrás de la primera curva un camino que miraba hacia abajo y nos invitaba a dejarnos llevar, a volver a la infancia, a sentirnos libres, a beber el aire con la cara, a respirar el calor del sol, a degustar el aroma de la primavera y a tocar el sonido de los pájaros. En cada metro recorrido la aceleración nos hinchaba más y más de alegría, de un sentimiento de libertad algo olvidado. Era como creer que la vida iba a detenerse en ese instante eternamente.
Al final de esa montaña rusa, una cuesta nos esperaba implacable. Pero sin embargo nos sentíamos tan llenos de energía que no nos asustó, nuestro cuerpo había olvidado la hora anterior de pulsaciones aceleradas. Casi sin notar el esfuerzo, llegamos otra vez al punto más alto y vuelta a empezar, vuelta a sentirnos más vivos que nunca. Dos veces más tendríamos que repetir la operación, pero ya el último esfuerzo no queríamos hacerlo, era como hacer los deberes durante nuestras vacaciones, ya habíamos sentido las emociones fuertes y solo queríamos más de ellas.
Luego de una fracción de hora de empujarnos a nosotros mismos y a nuestras maquinas, allí estaba por fin el punto más alto al que subiríamos. Desde allí todo sería libertad y emociones, hasta el final, hasta el regreso. Nos dejamos caer como en confianza, como protegidos, como seguros que allí nos estarían esperando nuestras experiencias mas vivas. Rodaba y rodaba la cuesta abajo con una uniformidad perfecta, como si nada pudiera perturbarla. La velocidad era una inquietante caricia, tenía un ritmo que nos absorbía y nos llenaba el pecho. El aire nos envolvía, el bosque nos miraba pasar como asistiendo a un espectáculo. El cosquilleo en el estomago nos arrancaba gritos de excitación y nos hacia perder la conciencia de que estábamos sostenidos en un frágil equilibrio. Los pueblitos de piedra del otro lado de la colina nos veían deslizarnos y parecían estirar su mano de flores para saludarnos a nuestro paso.
A esa velocidad el asfalto parece perfecto, sonaba debajo de nosotros con un murmullo casi mecánico. Él parecía sostener el equilibrio mientras dejaba que creamos que se encargaría de protegernos. Pero un segundo puede durar una eternidad cuando es lo que tardamos en entender que lo que dábamos por sentado deja de ser cierto. Como en el segundo que descubrimos que nos han mentido, o que nuestra vida cambiara para siempre, o tan simplemente que no podremos detener la caída de una copa de cristal. Y fue en un segundo en el que ese equilibrio perfecto se quebró. Quizás hasta fue en menos tiempo, pero duró una eternidad. Como llegando a su punto de resonancia, una pequeña onda, nacida en una leve distracción, fue creciendo y ampliándose hasta ya no dejar lugar para atravesarla y seguir hacia delante. Un largo segundo tardamos en entender que no estábamos tan seguros, y que la uniformidad perfecta con la que nos deslizábamos era tan frágil como el cristal de esa copa a punto de caer.
No entendimos como fue el golpe. No entendimos el orden en el que se produjeron las cosas, pero supimos, antes de acabar ese eterno segundo, que las reglas se habían roto. Una serie de ruidos horrendos acompañaron la caída, ruidos que nos hicieron temer que estábamos pagando un precio altísimo por la libertad. El aparatoso accidente tenía una apariencia espectacular. El asfalto parecía de cerca una máquina sanguinaria sin piedad. Giros, vueltas, el hierro sonando y la piel reduciendo sola la velocidad sobre la calzada durante otro segundo eterno en el que no puede saberse que tan lejos llegará el daño. Y luego el silencio, la inmovilidad, el tiempo suspendido. En silencio gritábamos las preguntas y en silencio el cuerpo nos respondía una a una. La sangre, el miedo, el temblor de los músculos, la imagen de la carretera tragándonos… el corazón se nos salía del pecho. Pero nos movíamos, nos parábamos, dábamos pasos, respirábamos aun el aire cálido y aun podíamos rodar cuesta abajo. Nada grave había pasado. Con respeto, retomamos nuestra travesía a cuestas de la pendiente.
Entonces festejamos que nuestro espíritu había tomado una decisión inteligente; había olvidado el miedo. Había sido libre, había aprendido que la libertad tiene riesgos, había aprendido a respetarlos, pero sobre todo había aceptado con una sonrisa de primavera que vale la pena sentirse vivo.
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