sábado, 26 de junio de 2010

La selección de Francia y una lección sobre el corazón

El concepto del Yin y el Yan no es exactamente como lo entendemos los occidentales. Una versión simplificada para los espiritualmente analfabetos nos resume que en todo lo malo hay algo de bueno y en todo lo bueno hay algo de malo. Pero El Yin Yan no es un concepto estático sino que es la propia dinámica de la vida. El día comienza por el amanecer, el sol brilla al mediodía, se apaga el cielo con el ocaso y duerme la Tierra durante la noche. Y el ciclo vuelve a empezar. El ser humano vive también esa dinámica cíclica, como la de las estaciones del año. Durante su primavera, el hombre está lleno de sueños, de proyectos y de energía. Aun no es completamente competente, pero vive lleno de ilusión. Su verano le encuentra agradecido por las oportunidades que le ha dado la vida. Con pleno acceso a sus virtudes y recursos, cosecha los frutos maduros de su huerto, se compromete, construye, y se afianza en su bonanza. Cuando los frutos que recoge empiezan a pasarse y los árboles a perder sus hojas, El hombre entra en una crisis y en un letargo que le provocan dolor y pesadez. La incomprensión lo invade y se pregunta por qué no puede seguir cosechando lo que antes fácilmente cosechaba. Sacude los árboles reclamando lo que hasta ahora le otorgaban y abatido se hecha a llorar desconsolado. Aceptando su nueva realidad, se vuelca sobre si mismo en una profunda reflexión y espera que los próximos rayos de sol de primavera lo llenen de energía y de sueños otra vez.

Países, parejas, carreras profesionales, vidas, proyectos, equipos… todos viven el eterno fluir de la vida representado por el Yin Yan. Ilusión, energía, crisis, reflexión y vuelta a empezar. Quienes viven en armonía con los ritmos de la vida, pasan por ella como surfeando sobre las olas, solo disfrutan y lo hacen cada vez mejor. Quienes pretenden eternizar el provecho de los logros pasados, solo se afianzan en la crisis y no se recuperan para volver a sembrar, están peleados con la vida misma.

El escándalo de la selección de Francia es uno de esos casos en los que el hombre se queda pataleando debajo de un árbol sin frutos. Vivir estos días en Francia permite presenciar un espectáculo sin precedentes, el desplante de una selección nacional frente a los valores propios de un equipo, frente al apoyo de fans y sponsors, y al orgullo de representar deportivamente a un país. Y sin embargo ni en el discurso de los medios, ni en el de los políticos, ni en el de reconocidas personalidades parece encontrarse nada concreto que defina la indignación que sienten los franceses estos días. Y como nadie llega a identificar qué es lo que tanto provoca este estupor, aparece un argumento de peso: “Con lo que ganan!” Como si un cheque suficientemente abultado pudiera reemplazar la ausencia de esa explosión interna que nos hace darlo todo. Es que la cantidad de ceros a la derecha es totalmente irrelevante. Claro, quizás no lo sea para quien paga, pero no hará jamás la diferencia por sí sola en el corazón de quien la percibe. Sería más sincero decir que lo que verdaderamente indigna es que un entrenador sin amor por lo que hace no haya tomado conciencia de su otoño y haya querido irresponsablemente eternizarse en el trono de seleccionador de Francia. Lo que realmente indigna es que los jugadores no hayan podido digerir con un poco de grandeza la bajeza de quienes les dirigen, que no quieren renovarse y se duermen en sus laureles de poder.

Sin embargo es lógico que nadie lo diga concretamente, porque la sociedad desarrollada vive también un otoño y una crisis de valores. Pocos en el lugar de Doménech habrían dado un paso al costado sin un buen motivo que justifique esa decisión. Retirarse a reflexionar la nueva etapa de la vida no es un motivo aceptado por los ricos occidentales. Casi nadie busca ya la fuente de pasión que nos lleve a darlo todo, a buscar la gloria. Eso sería bonito, pero lo que verdaderamente se valora es la ausencia total de riesgos y la conquista de una posición como un fin en sí mismos y no como una consecuencia del verdadero triunfo. Hace tiempo que vemos a médicos atendiendo sin pasión a sus pacientes, a hospitales cerrando la puerta en la cara a enfermos que podrían atender ateniéndose a una regla escrita que parece estar por encima de la humanidad propia, a maestros haciendo lo mínimo por sus alumnos, a políticos diciendo palabras vacías, a gente sonriendo sin ganas y comiendo manjares sin hambre.

Los millones no calmarán el sufrimiento y la vergüenza de la selección de Francia, el sentimiento de orgullo de haberlo dado todo es impagable.

Festejen los pueblos y las personas que aun sienten pasión, que valoran la vocación, que entregan el corazón. No pretende ser un slogan cursi, resulta ser el secreto del éxito de todos los que han conocido la gloria y a quienes los ceros a la derecha no les han abandonado (ni les han castigado). Ese sentimiento exultante del corazón no se reemplaza con nada, ni siquiera con la victoria.

domingo, 23 de mayo de 2010

El accidente

Hola! No te asustes! Gaston tuvo un accidente en la bicicleta, pero aunque tiene varios raspones horribles, nada es demasiado grave. Para sacarle dramatismo al tema, decidi hacer un relato sobre las cosas maravillosas que pasaron ese dia, a pesar del accidente. Que lo disfrutes.


Bendita la suerte que tenemos. Bendita la belleza de la tierra en que vivimos. Benditos los rayos de sol que la bañan en primavera, sus flores, paisajes, sonidos y aromas. Nacen en nosotros sentimientos que estaban dormidos, como el deseo de impregnarse con la brisa del campo y sentir la libertad acariciándonos la cara.

Que había sido de esas sensaciones en el medio del desierto? Como sobrevivíamos a la sequía? Lo cierto es que no éramos concientes de ello ni recordábamos ya lo que nos faltaba. Cuando alguien ha sido privado del aire por unos segundos quiere tragarlo todo en una bocanada. Así nos lanzamos a sumergirnos en esta naturaleza exultante. En esta tierra, no hay más que estirar un poco la mano para alcanzarla, como una fruta madura de la parte baja de un árbol.

Cuando hay una buena razón para festejar, poco importa el menú de la fiesta, y poco nos importaba ese día como íbamos a internarnos en el cálido verde para apreciar el cantar de los pájaros. A paso firme o sobre ruedas, con motor o si él, todo valía, solo había que dirigirse hacia allí. Y hacia allí nos dirigimos.

Rápida fue la puesta a punto de nuestra partida. Unos poco ajustes, unas inspiraciones profundas, una mirada enamorada a la belleza en derredor. C’est parti.

Hermosos pueblos de piedra y una variedad de flores imposible nos saludaban en nuestro camino. Las gotas de sudor y la respiración agitada nos recordaban que estábamos ganando altura. Los movimientos circulares de nuestras piernas no eran proporcionales a nuestro avance, el ascenso nos robaba las ráfagas de aire. Agitados mirábamos el plano. Cuan lejos estaríamos de la cumbre, de donde bajaríamos en libertad hasta nuestro punto cero? Sabíamos que lo conseguiríamos, pero ansiosos nos cansábamos más con la mente que con el cuerpo. Cada palmo del camino era una recompensa en sí mismo. “Qué pereza misteriosa contagió a lo amantes de la naturaleza hoy?” Nos preguntábamos admirando nuestra soledad.

Los campos de trigo, que bailaban ondeándose con el viento, estaban cobijados por espesos bosques. Su densidad parecía intentar tragarnos, pero nos sentíamos indeseablemente inmunes desde el asfalto. El ruido perturbador y silencioso de sus fauces nos hipnotizaba como una música mágica, algo que nos faltaba en nuestro día a día.

Luego de una cuesta que tenia ya una difícil pendiente (más percibida que real…) , nos hayamos en el primer descanso. Punto de encuentro ineludible, el “col” albergaba unas pequeñas instalaciones ideales para ostentar el titulo de punto de partida y encuentro. Un plano nos indicaba que la parte mas dura de nuestro esfuerzo había quedado atrás, pero nos esperaba aun algo de sudor.

Dando un respiro al corazón para dejarle recuperarse apenas, nos dispusimos a seguir. Y allí nos esperaba detrás de la primera curva un camino que miraba hacia abajo y nos invitaba a dejarnos llevar, a volver a la infancia, a sentirnos libres, a beber el aire con la cara, a respirar el calor del sol, a degustar el aroma de la primavera y a tocar el sonido de los pájaros. En cada metro recorrido la aceleración nos hinchaba más y más de alegría, de un sentimiento de libertad algo olvidado. Era como creer que la vida iba a detenerse en ese instante eternamente.

Al final de esa montaña rusa, una cuesta nos esperaba implacable. Pero sin embargo nos sentíamos tan llenos de energía que no nos asustó, nuestro cuerpo había olvidado la hora anterior de pulsaciones aceleradas. Casi sin notar el esfuerzo, llegamos otra vez al punto más alto y vuelta a empezar, vuelta a sentirnos más vivos que nunca. Dos veces más tendríamos que repetir la operación, pero ya el último esfuerzo no queríamos hacerlo, era como hacer los deberes durante nuestras vacaciones, ya habíamos sentido las emociones fuertes y solo queríamos más de ellas.

Luego de una fracción de hora de empujarnos a nosotros mismos y a nuestras maquinas, allí estaba por fin el punto más alto al que subiríamos. Desde allí todo sería libertad y emociones, hasta el final, hasta el regreso. Nos dejamos caer como en confianza, como protegidos, como seguros que allí nos estarían esperando nuestras experiencias mas vivas. Rodaba y rodaba la cuesta abajo con una uniformidad perfecta, como si nada pudiera perturbarla. La velocidad era una inquietante caricia, tenía un ritmo que nos absorbía y nos llenaba el pecho. El aire nos envolvía, el bosque nos miraba pasar como asistiendo a un espectáculo. El cosquilleo en el estomago nos arrancaba gritos de excitación y nos hacia perder la conciencia de que estábamos sostenidos en un frágil equilibrio. Los pueblitos de piedra del otro lado de la colina nos veían deslizarnos y parecían estirar su mano de flores para saludarnos a nuestro paso.

A esa velocidad el asfalto parece perfecto, sonaba debajo de nosotros con un murmullo casi mecánico. Él parecía sostener el equilibrio mientras dejaba que creamos que se encargaría de protegernos. Pero un segundo puede durar una eternidad cuando es lo que tardamos en entender que lo que dábamos por sentado deja de ser cierto. Como en el segundo que descubrimos que nos han mentido, o que nuestra vida cambiara para siempre, o tan simplemente que no podremos detener la caída de una copa de cristal. Y fue en un segundo en el que ese equilibrio perfecto se quebró. Quizás hasta fue en menos tiempo, pero duró una eternidad. Como llegando a su punto de resonancia, una pequeña onda, nacida en una leve distracción, fue creciendo y ampliándose hasta ya no dejar lugar para atravesarla y seguir hacia delante. Un largo segundo tardamos en entender que no estábamos tan seguros, y que la uniformidad perfecta con la que nos deslizábamos era tan frágil como el cristal de esa copa a punto de caer.

No entendimos como fue el golpe. No entendimos el orden en el que se produjeron las cosas, pero supimos, antes de acabar ese eterno segundo, que las reglas se habían roto. Una serie de ruidos horrendos acompañaron la caída, ruidos que nos hicieron temer que estábamos pagando un precio altísimo por la libertad. El aparatoso accidente tenía una apariencia espectacular. El asfalto parecía de cerca una máquina sanguinaria sin piedad. Giros, vueltas, el hierro sonando y la piel reduciendo sola la velocidad sobre la calzada durante otro segundo eterno en el que no puede saberse que tan lejos llegará el daño. Y luego el silencio, la inmovilidad, el tiempo suspendido. En silencio gritábamos las preguntas y en silencio el cuerpo nos respondía una a una. La sangre, el miedo, el temblor de los músculos, la imagen de la carretera tragándonos… el corazón se nos salía del pecho. Pero nos movíamos, nos parábamos, dábamos pasos, respirábamos aun el aire cálido y aun podíamos rodar cuesta abajo. Nada grave había pasado. Con respeto, retomamos nuestra travesía a cuestas de la pendiente.

Entonces festejamos que nuestro espíritu había tomado una decisión inteligente; había olvidado el miedo. Había sido libre, había aprendido que la libertad tiene riesgos, había aprendido a respetarlos, pero sobre todo había aceptado con una sonrisa de primavera que vale la pena sentirse vivo.

El arreglavidas

Despues de un año y medio de muchos cambios, estoy de vuelta con un cuento, el primero en muchos años. Que lo disfrutes.

El arreglavidas

Era la primera vez que Ernesto Bustamante tenia problemas profesionales. Todas las vidas en las que había intervenido, las había reparado. “El arreglavidas” era verdaderamente infalible.

Ese apodo se lo habían puesto en la escuela de hipnosis, porque Ernesto no era un hipnotizador corriente. En vez de solo hipnotizar a sus clientes, para arreglarles la vida, él hipnotizaba también a su entorno. Su maestro se mostraba siempre reacio a aceptar las técnicas de Ernesto, pero no podía negar el desconocido talento que había desarrollado para explorar el poder de la mente. Aunque algo parecía no funcionar esta vez.

El arreglavidas había sido infalible, hasta ahora…. Ni siquiera su maestro sabía muy bien como lo lograba. Tenía un talento increíble y misterioso.

Llevaba ya 6 años arreglando vidas, y desarrollo su técnica casi por azar. Recién egresado y con el diploma de la escuela de hipnosis en la mano, amuro un cartelito junto al portero eléctrico de su edificio que pregonaba “Ernesto Bustamante, Hipnosis para el descubrimiento y desarrollo personal”. Y se sentó a esperar a los clientes.

No fueron muchos los clientes que tocaron el timbre del 4to C por escalera. Y eso que había invertido en un cartelito metálico lustrado como esos de los dentistas o notarios. Para ser exactos, la única respuesta a la única publicidad de Ernesto fue la de un vecino retirado del edificio que no tenía idea qué era la hipnosis. Habiendo ya decidido que tenía que cambiar de estrategia publicitaria, Ernesto se dedico a explicarle a su vecino Horacio qué era la hipnosis.

-Ah, pero entonces usted se mete en la mente de la gente y les ayuda a modificar su percepción.

-Si, don Horacio, algo así…

-Mire usted, yo no tenia idea que eso se pudiera hacer… Quizás me interese entonces.

-Cuénteme, cual es su sueño mas profundo y qué quiere usted cambiar para hacerlo realidad?

-Ah, no, no. Yo? Yo no quiero cambiar nada. A esta altura, qué voy a cambiar yo?. Pero mi hija piensa que no he sido un buen padre y casi no viene a verme. Usted cambiaria su percepción?

Ernesto puso una cara desencajada de la que no logro librarse por unos cuantos segundos. Entonces se controlo un poco y paso a otra cara desencajada pero decidida. Iba a explicarle su confusión a don Horacio, pero éste hablo primero.

-Si usted logra que ella me considere un buen padre y me venga a ver mas seguido, yo estaría dispuesto a ser muy generoso.

La expresión de Ernesto se quedo en el aire, como la pluma de un juego de badmington cuando pierde velocidad justo después de pasar la red, momento en el que uno no sabe si va a caer o va a ser lanzada de nuevo al otro lado. Por su mente se entremezclaban imágenes que lo perseguían: La de sus magros ahorros que se estaban extinguiendo, la de sus principios, la de su maestro el día que le explicó que solo se puede hipnotizar a la gente bajo su voluntad… Lo que pedía ese pobre hombre era imposible.

-Lo voy a pensar don Horacio.

“Estas loco, si me entero que te metes en esa aventura pediré que te quiten el diploma de la escuela” le había dicho su maestro, que para controlar los secretos de la mente, tenia bastante carácter. “Además, eso es imposible, ella no se va a prestar a que le manipules la mente para redimir los pecados de su padre”.

-No lo haré, no voy a manipularle la mente- Dijo Ernesto, pero se fue a su casa con muchas ideas en la cabeza.

Eugenia se sentó en un asiento libre del metro, y como todos los días, aprovechaba el viaje para maquillarse. Poco tiempo le quedaba libre entre el trabajo y su hijo, así que economizaba cada segundo que podía, no estaba muy dispuesta a desviar la atención de sus obligaciones. Hasta que un hombre se sentó a su lado y comenzó a hablarle.

-Disculpe que la moleste. Yo no soy de la ciudad, vine a visitar a mi padre y estoy interesado en hacerle un regalo por su cumpleaños, pero no tengo idea de donde conseguirlo por aquí. Podría usted darme una mano?

-Uff, lo haría con gusto, pero usted debería tener una idea más clara de lo que quiere regalarle. Puede haber mil opciones, lo siento- y sin mas volvió a la mascarilla de rimel.

-La verdad es que si tengo una idea, quiero regalarle una caña de pescar y un poco de mi tiempo. Sabe? Hasta el día de hoy he pensado que mi padre fue un mal padre, pero últimamente me invadió el pensamiento de que yo puedo hacer que eso cambie dándole una oportunidad… Uy disculpe, ya me fui por las ramas. Sabe usted donde comprar una caña de pescar?

Totalmente detenido el pincel de sombra en el aire y después de un lento giro de cabeza, Eugenia dijo muy lentamente:

-Si, lo se, a mi padre le encanta pescar- Y siguió estudiando la cara de este hombre que la había hipnotizado y había abierto una puerta que ella forzaba a mantener cerrada.

Eugenia se bajo en la estación siguiente, un ojo sin maquillar, y busco en su agenda el teléfono de su padre.

Así era el trabajo del arreglavidas. Después de un trabajo previo de hipnosis con sus clientes para anclar las percepciones que les llevarían al éxito, Ernesto se volcaba a analizar el entorno y la historia de su cliente. Su talento casi sobrenatural le permitía “hipnotizar” en dos palabras a las personas buscando despertar en su subconsciente esos perdidos destellos de voluntad y deseos. Jefes a punto de despedir a sus empleados cambiaban de opinión, pedidos de divorcio eran retirados en los juzgados, y profesores exigentes terminaban aprobando a sus peores alumnos. Y es que luego de un breve encuentro con el “arreglavidas”, iban deseosos al encuentro del empleado, marido o estudiante perfecto, previamente hipnotizado.

La cuenta bancaria de Ernesto se engrosaba día a día y su fama estaba trascendiendo, aunque por razones obvias nunca dio una entrevista donde le pudieran fotografiar, necesitaba conservar su anonimato. Su maestro, indignado al principio con la “herejía” de Ernesto, pronto vio que su pupilo tenía un don que abría a nuevos horizontes del poder de la mente, aunque no se atrevía a darle su bendición ya que se desviaba de sus enseñanzas. Nadie había logrado imitar el poder de Ernesto. La escuela de hipnosis no vio nacer a ningún otro arreglavidas.

Seis años de éxito creciente estaban frente al primer posible fracaso. Ernesto Bustamante no lograba leer la mente de la madre de su cliente. Estela se negaba rotundamente a aceptar la boda de su hijo, que decía estar muy enamorado. Según Estela, su hijo Julio debía elegir a alguien de su altura si quería que ella aprobara esa boda.

-Dígame, Julio, su novia como se llama?

Unos segundos después, Julio levantaba la mirada

-Mi novia es maestra… eh, se llama Laura.

Siempre le había resultado totalmente natural descubrir los caminos de la mente, pero esta vez, Ernesto se sentía perdido. No percibía las vibraciones, no podía seguir el hilo del amor y las pasiones interiores de esta familia, estaba como ciego, sin poder. Su encuentro con Estela fue totalmente improductivo. Las palabras clave simplemente no dieron resultado. Parecía un problema simple, se trataba solo de entrar en su mente y tocar la fibra del amor maternal, pero esta vez su talento parecía haberse anestesiado. No leía nada en sus ojos y su primer encuentro no dio ningún resultado. Ernesto no tenia muchas mas oportunidades, podía cambiar un poco el disfraz, pero luego de varios intentos fallidos seria ya reconocido por Estela y el caso estaría perdido.

-Julio, a ver, como le explico… tenemos una pequeña complicación, parece que su madre es muy difícil de comprender, me cuesta llegar a ella, usted me tiene que dar mas información…

-Usted no puede decirme eso, que se ha creído?-Gritó Julio en tono amenazante, descolocando a Ernesto- Yo puse todas mis esperanzas en usted, pedí un préstamo para pagarle. Como usted no cumpla su promesa, voy a desprestigiarlo por todos lados, e incluso voy a ir a la televisión y voy a revelar su identidad para que no pueda usted engañar a mas gente inocente como yo!

Esa noche Ernesto no comió nada. No tenía apetito y no podía dormir. Se quedo completamente inmóvil mirando el techo, preguntándose por que le estaba pasando eso, como podía ser que hubiera perdido su talento, su don. Harto ya del insomnio, se levanto y se fue a lavar la cara. Luego de secarse las gotas que todavía se le escurrían, una imagen de su maestro apareció en su mente, dando una de las lecciones que mas le habían marcado. “El mapa no es territorio. Las palabras no son el sentimiento…” Como podía haberse olvidado de esa lección? Miro la hora, eran las 6 de la mañana y no había dormido, pero estaba lleno de energía. El mapa de las pasiones comenzó a aparecer en su mente, la cara de Julio encontró su lugar en el recuerdo de un cruce casual, las sugerencias de su maestro sobre volver a las fuentes tradicionales de la hipnosis, todo tenia sentido! Se vistió con lo primero que encontró, se monto en su coche en se fue directo a la casa de su maestro, a riesgo de despertarlo demasiado temprano.

-Maestro, usted tenia razón. Quiero volver a las fuentes de la hipnosis.

-Ernesto, es muy temprano, pero igual me alegra tu visita y tus nuevas ideas.

-Ya que es tan temprano y usted tiene tiempo, podríamos retomar aquí y ahora donde lo dejamos hace 6 años… que le parece si practicamos? Si practico con usted?

El maestro sonrió, y luego soltó una risita.

-Yo tengo una mente muy ejercitada, pero por qué no?

-Dígame Maestro, cual es su sueño mas profundo?

-Creo que es ser el mejor maestro de hipnosis que pueda haber, podríamos describirlo así…

Ernesto tomo sus palabras y se puso a tejer la mente del hombre que le había enseñado todo.

Iba a su encuentro con Julio con una paz absoluta. Ya nada lo perturbaba, por fin desde que empezó este caso, lo veía todo claro. Y por primera vez en su carrera de arreglavidas no tenia que hacerse pasar por un desconocido.

-Querido Julio, siento mucho su desilusión, de verdad que lo siento. Cuando yo empecé mi carrera solo quería aprender de mis maestros y ser el mejor hipnotizador. Hoy me siento mas humilde que nunca y se que nunca dejare de aprender, y no solo de mi maestro sino de gente que como usted me enseñan mucho. No podré resolver el caso que me he encomendado, me declaro incompetente, pero le deseo a usted lo mejor.

Julio se quedo con una expresión suspendida en el aire como la de una pluma de badmington cuando acaba de cruzar la red. Sin decir nada apenas levanto una mano en un esbozo de saludo y se dio media vuelta. Caminó hasta la puerta de la escuela y allí encontró a quien estaba buscando.

-Maestro, no lo he conseguido, no le he desmoralizado. Creo sin embargo que es increíble lo que usted ha hecho con él. Maestro, por favor, enséñeme. Si usted ha despertado ese talento en el, aunque no le haya enseñado a hacer lo que él hace, es que usted es el mejor maestro de hipnosis que pueda haber…

El arreglavidas lo había logrado otra vez, era infalible.